TETRACENTENARIO San Juan de Ribera Belleza litúrgico-musical

La diócesis y la ciudad de Valencia tienen en el Real Colegio de Corpus Christi, popularmente conocido como “El Patriarca”, un patrimonio religioso y cultural, que  honra a la diócesis y embellece a la ciudad.
Contemplado el edificio de “El Patriarca” con mirada histórica y cristiana se alcanza a vislumbrar, incluso a la distancia de sus bien cumplidos cuatrocientos años, la personalidad humana y espiritual de su fundador San Juan de Ribera.
Un pausado paseo alrededor de sus severos muros exteriores produce la sensación de pasar rozando la entereza y austeridad de la ascética figura del santo Patriarca. Y en atravesar el umbral, una inesperada y serena placidez invade al visitante, al sentirse gentilmente acogido en el coruscante claustro renacentista, y amablemente contemplado por los grandes ojos que le miran a través de unas bien abiertas órbitas o arcadas, como si estuviera siendo recibido en audiencia por el mismo San Juan de Ribera, cuyo espíritu humanista inspira y ocupa todo el claustro.
Pero cuando el visitante entra en  la Capilla, iluminada por permanentes resplandores celestiales entreverados de vivos colores eucarísticos, y queda postrado en actitud de adoración entre la humeante gloria divina, se desvanecen las sensaciones humanas, y el alma es elevada  al interior del Misterio, transfigurada por el mismo Amor Eucarístico de San Juan de Ribera.
Dentro de sus muros “El Patriarca” guarda inesperadas sorpresas de belleza. Importante es la belleza pictórica que, desde el tiempo que fue creada, permanece siempre expuesta, y reclama diariamente la presencia de la otra belleza, la belleza  litúrgico-musical, para acompañar y realzar las alabanzas del Cuerpo y Sangre de Cristo.

La Unión Apostólica y CRESOL se unen a los festejos del tetracentenario del tránsito de San Juan de Ribera recreándose en la belleza litúrgico-musical, la que se crea cada día desde hace cuatro siglos.

El gregoriano no es música como las demás.
Cada mañana, cuando la ciudad, todavía adormilada, se precipita perezosamente  sobre sus tareas, unas pocas personas se dirigen diligentes al Patriarca. Al adentrarse en la serenísima quietud del claustro se desprenden espontáneamente de las prisas urbanas, y una vez situados en sus respectivos escaños del coro recitan con ritmo atento, digno y devoto los laudes del Señor. Modulando con delicada técnica sus voces las funden todas  en  una, porque el canto gregoriano, canto unísono y coral, no ha sido compuesto para exhibición o lucimiento personal, ni siquiera para deleite de un público asistente, sino que el monje anónimo lo compuso exclusivamente para alabanza de Dios.
Como el monje anónimo también los cantores del Patriarca ocultan su gracia personal tras el cuerpo sonoro del coro, porque saben que el canto gregoriano no es una música  como las demás, sino una música para cantársela solo a Dios, para que la escuche solo El, y quien la canta es el entero pueblo de Dios o el coro en nombre del pueblo de Dios. Litúrgicamente hablando el canto gregoriano sólo tiene intérpretes, no oyentes, aunque gusten saborearlo todos, cristianos y extraños. Hace siglos que lo dijo el salmista: “para ti es mi música, Señor”. (Salmo 100).
Cuando el coro llena de vida y sonoridad un texto litúrgico, hace mucho más que interpretar unos signos musicales, lo que hace es orar. Si San Agustín, quien ya habló  del canto litúrgico como oración, escribió lo de “qui bene cantat bis orat”, el coro del Patriarca aspira y se esfuerza por completar la frase con un adverbio más: “qui bene cantat bis et óptime orat”. Y con tanta mayor piedad reza cuanto con mayor  sensibilidad estética  interpreta el canto.
Si el lenguaje que el hombre usa para hablar con Dios recibe el nombre de oración,  las melodías gregorianas, nacidas sólo para la liturgia eclesial, son también oración, una oración cantada. Por lo que bien se puede afirmar que la labor del coro es cantar y orar, pues tanto si recorre el recitativo silábico de los salmos como si mueve el suave oleaje de las melodías gregorianas, lo hace solo para gloria, alabanza y deleite de Dios.
Y este cántico-oración que asciende a los cielos, uniéndose al trino y eterno Santo, Santo, Santo del Coro de los Ángeles, desciende a continuación en forma de armoniosa concordia y complacencia divinas sobre todo el pueblo de Dios, en cuyo nombre canta y ora diariamente el coro del Patriarca.
Un coro que está integrado por hombres de fe afinada y gusto eucarístico, pues el mismo esmero que mostró San Juan de Ribera en elegir artistas piadosos y profesionales para la decoración de su Capilla, ese mismo esmero sigue teniendo ahora para reunir el grupo de voces, que  recrean cada día los cánticos litúrgicos.
Y aunque el ciclo litúrgico se repite anualmente, el coro entona e interpreta cada día, como hacían los salmistas bíblicos, “un cántico nuevo” al Señor.
Todo este admirable conjunto de color, incienso y ritmo fue creado por San Juan de Ribera para dignificar el culto eucarístico, y para conseguir el clima religioso y artístico, teológico y humanista en que se formaran los futuros sacerdotes, objetivos ambos que la diócesis de Valencia viene cumpliendo con fidelidad hasta el día de hoy.

 

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